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Camila Penagos nació en Bogotá, una ciudad que aún resuena en su acento, ese acento rolo que ha logrado mantenerse firme a pesar de los años vividos en el departamento del Valle del Cauca. Tiene 32 años y su vida se ha visto marcada por giros inesperados y decisiones que la han llevado a encontrarse con nuevas realidades, pero siempre de pie con una resiliencia que la ha impulsado hacia adelante.

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Camila comenzó su camino en la educación superior en la Universidad Nacional de Bogotá, estudiando una ingeniería, pero un paro estudiantil desvió el curso de sus planes. Esa pausa forzada sirvió para que se cuestionara: ¿Esto es lo que quiero? ¿Es este mi camino? Fue un momento de reflexión profunda, donde la incertidumbre la llevó a tomar nuevos rumbos. Entonces, en un acto de valentía, decidió estudiar Diseño Industrial en la Universidad Nacional de Palmira, buscando en este municipio una vida más asequible, una nueva oportunidad. Allí, en el sur del Valle, el destino la unió con su actual pareja y se enfrentó con muchos retos relacionados a mudarse en un nuevo lugar, pero esas dificultades se convertirían en significativas lecciones de vida para Camila.

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Hace seis años, el destino la llevó a Montebello, un corregimiento cálido, de caminos estrechos y alta densidad poblacional. En su nuevo hogar, rodeada de montañas, Camila construyó una familia junto a su novio y sus dos perros. En Montebello, Camila se sintió en casa, rodeada por la 

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Mujer tallada en guadua

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tranquilidad de las montañas, pero también por la fuerza de la naturaleza y el arte de la creación.

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Camila es una mujer de estatura media, con un cabello corto que realza sus facciones y proyecta frescura. Su ropa es sencilla, fluida, como su ser. Su rostro, libre de maquillaje, refleja la autenticidad con la que enfrenta cada día. Habla con convicción, con una seriedad que transmite seguridad, y al mismo tiempo, su sonrisa es cálida, genuina. Tiene una mirada fija y un carácter firme que se construyó con el tiempo.

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Camila no se conforma con lo que ve; se conmueve ante las injusticias, y se interesa por lo que es verdadero y auténtico. Valora la mano de obra local, los recursos propios de Colombia, todo lo que es genuinamente nuestro. Las pruebas que ha atravesado, las decisiones que ha tomado y los caminos que eligió la han hecho más resiliente, pero también más consiente de sí misma y los demás.

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Terminó sus estudios universitarios hace cinco años y desde entonces se ha enfocado en la animación 3D, especialmente en el desarrollo de productos. Camila tiene un interés creciente y genuino por el deporte, así que también se ha centrado en la gestión cultural y deportiva, con el fin de invertir en algo que sume a la sociedad. Hace tres años, a partir del estallido social, Camila se unió al colectivo Montañarte, que trabajan en pro del cuidado del medio ambiente en el territorio de Montebello. A través de este espacio, estableció un vínculo fuerte con la comunidad de Montebello, lo que la llevó a profundizar en el conocimiento de sus realidades y problemáticas. Así fue integrándose más al territorio.

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Es proactiva y desde pequeña ha tenido que trabajar. Genuinamente, le gusta el trabajo y cuando inicia un proyecto es la que se encarga de todo, prefiere tener el control sobre las cosas. Sin embargo, por experiencia propia, piensa que no es positivo saturarse de responsabilidades.​​​​

Este proyecto lo creó junto a su novio hace 10 años. Cuando iniciaron a fabricar patinetas trabajaban con maderas, pero pronto se dieron cuenta de que en Cali no había las tecnologías necesarias para manipular este material de forma adecuada. No lograban encontrar las capas de madera finas que necesitaban. La búsqueda fue agotadora; recorrían el centro de la ciudad en busca de lo que necesitaban, pero cuando finalmente lo hallaron, se dieron cuenta de que era un proceso complicado.

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Decidieron investigar más a fondo y descubrieron que en Europa se utiliza el bambú para fabricar patinetas. Fue entonces cuando pensaron: “Si en Europa usan bambú, aquí tenemos la guadua”. Así que comenzaron a darle un enfoque autóctono a su marca, enfocado en conservar sus raíces y mantener la mano de obra local.

La guadua es una planta valiosa debido a su versatilidad, firmeza y capacidad de regeneración. Sin embargo, Camila y su pareja se toparon con un obstáculo cuando alguien comentó que no podían usar la guadua porque era un árbol y, por lo tanto, estaba prohibido talarlo. Pero ellos sabían que la guadua no es un árbol, sino un pasto maderable, lo que le otorga propiedades únicas. No solo es un material agradecido para trabajar, sino que también tiene beneficios ecológicos: el guadual ayuda a amarrar la tierra y a mantenerla hidratada, lo que lo convierte en un recurso muy valioso.

 

Fue hace aproximadamente ocho años que decidieron dar el giro definitivo en su fabricación, pasando de trabajar con madera a usar guadua para sus patinetas. Esto los llevó a explorar nuevos aspectos, como el ciclo de vida del producto. Comenzaron a investigar cómo sustituir las resinas y las fibras de vidrio por alternativas más naturales, como el fique, el yute y adhesivos menos químicos. Se dieron cuenta de que era más rentable trabajar con productos naturales, lo que les permitió dar un paso más hacia la sostenibilidad.​

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“En algún momento me di cuenta de que estaba haciendo muchas cosas y que aparentemente todo estaba saliendo bien porque tenía muy buenos equipos de trabajo. Sin embargo, me di cuenta de que estaba descuidando mi parte personal. Así que empecé a bajarle un poco, a dejar de tener la agenda llena, de tener siempre cosas por hacer. Traté de tener la mente más en calma”, comenta Camila. Llegó a un punto en el que sufrió una lesión así que se vio en la necesidad de tener un ritmo más suave de trabajo. Eso la hizo consciente de la poca atención que le daba a su salud, a su alimentación y que también estaba dejando de visitar a su familia.

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Se sintió abrumada por el trabajo y por los espacios hostiles a los que se enfrentaba, como aquellos talleres donde los hombres solo conversaban entre ellos, creyendo que tenían el conocimiento, a pesar de que ella estaba allí porque era quien dirigía los proyectos. Comenzó a sentirse agotada de esos entornos en los que tenía que tolerar chistes y comentarios desagradables. Sabía que estaba haciendo bien su trabajo, pero su motivación comenzó a decaer.

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Camila necesitaba un tiempo para pensar en ella misma, darle un respiro a todo lo que le pesaba. Por eso se retiró del trabajo en el que estaba y le bajó el ritmo a los procesos comunitarios. Los últimos meses se los ha dedicado a ella y a su proyecto personal: fabricación de patinetas con guadua.

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El taller donde fabrican las patinetas queda ubicado a las afueras de Montebello. Es un espacio bastante iluminado por la luz natural, no es muy grande pero dispone de todos los elementos para que ocurra la magia. Como es típico en un taller, las mesas están llenas de materiales, algunos organizados y otros esparcidos por el espacio. Pedazos de guadua, tablas, tarros donde guardan herramientas, máquinas para cortar, pulir y prensar se encuentran entre las paredes de ladrillo. Se percibe la gran cantidad de polvo que produce el trabajo, pero también se nota el esfuerzo que dedicaron para construir un taller propio.

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El proyecto se llama ANDES, es un nombre inspirado en las raíces autóctonas de nuestro país. Las patinetas se convierten en una plataforma de expresión artística, pues cada una lleva un gráfico único, centrado en animales en peligro de extinción o especies que solo habitan en nuestro país. Entre los diseños, se encuentran figuras como la rana dorada, el zorro plateado, el cóndor y la zarigüeya. De esta forma, cada patineta se transforma en un medio para concientizar y promover la conservación de la fauna local.

​Camila no se considera lideresa ambiental. Aunque valora su trabajo, no lo ve como una acción tan grande en comparación con otros esfuerzos más contundentes en defensa de la naturaleza. Considera que hay iniciativas mucho más grandes. En su caso, lo que ella aporta son “pequeños gestos” de lo que puede hacer ​​desde su individualidad, como reciclar, organizar la basura y vvvvvvv

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orientar su proyecto de patinetas hacia la sostenibilidad y el respeto por el medio ambiente. Piensa que eso es lo mínimo que podemos hacer como individuos.

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“Yo me siento más una líder deportiva que una líder ambiental. Me considero una persona con conciencia ambiental, y lo que hago por el ambiente, por mi territorio, por mi casa y por mi cuerpo es algo que quiero que repliquen las personas a las que llego, a las que les enseño a patinar, personas con las que hablo, que me escuchan, pero siento que es la unidad mínima”, expresa Camila.

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Este año Camila ha estado concentrada en su proyecto ANDES, sin embargo, continúa trabajando en algunos procesos comunitarios brindando apoyo y acompañando a hacer exploraciones por las montañas, como en el colectivo Tejiendo Rural, un grupo muy diverso en el que participan varias comunidades rurales, biólogos, bailarines y personas enfocadas en el campo audiovisual.  También hace parte de Candy Hell Escape Boarding, un colectivo caleño donde se promueve el skate, sobre todo en mujeres. Estos espacios le abren la puerta para generar conciencia ambiental.​

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Camila ha sido una fuente de inspiración para otras niñas y mujeres que incursionan en el mundo del skate. “Yo no soy la más atlética, pero muchas veces me he encontrado con chicas que apenas están empezando a patinar y me han dicho: es que yo te vi patinando y me motivé. Cogerle confianza a la patineta, que quieras ir rápido, que quieras frenar es algo difícil porque normalmente no somos tan seguras de nosotras mismas. Cuando me han visto patinar dicen: qué chévere, yo también puedo hacer eso. Entonces se motivan.”, comenta Camila. De la misma manera ella ha encontrado fuentes de inspiración para fortalecer sus acciones de cuidado ambiental; en Montebello ha tenido la oportunidad de conocer a mujeres seguras y empoderadas que lideran diversos proyectos, de las cuales ha aprendido para llegar a ser como ellas.

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En este territorio también hay liderazgos masculinos que han inspirado y motivado a Camila a cuidar el ambiente, que en lugar de minimizarla por el hecho de ser mujer la invitan a aprender y a construir en conjunto. Esto es importante mencionarlo, teniendo en cuenta que en otros espacios Camila ha recibido un trato diferente por cuestiones de género. En su campo profesional, el 3D, una industria dominada por hombres, experimentó la dificultad de ser vista como “muy chiquita” y de no recibir el reconocimiento que merecían sus proyectos. Sin embargo, se rodeó de mujeres que fueron sus mentoras y la impulsaron para que no desistiera.

Para Camila, la importancia de que existan liderazgos ambientales femeninos radica en la transmisión de saberes. “Entre la relación hombre y mujer, el hombre está dotado de otras características que también son para conservar el hogar, pero hacen otro tipo de aporte. El aporte de la mujer es desde el amor, desde el cuidar, desde el enseñar”, opina Camila. Y también reconoce que lo más difícil de enseñar y liderar es “hacer que la gente crea que sí hay un problema”, que llegue a tener una conciencia ambiental y cuide su entorno.

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El sentido de pertenencia que tiene Camila Penagos con el medioambiente y con el territorio que hace seis años la acogió le ha permitido generar impactos significativos, aunque no se considere una líder ambiental. Su proyecto sostenible de fabricación de patinetas demuestra cómo las mujeres abren nuevos caminos para concientizar desde el arte y el deporte. La vida de esta mujer, al igual que la guadua, logra expandirse, transformarse, mantenerse firme ante los enredos de la vida y nutrir cada espacio que habita.

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