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Desde la raíz

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En la crisis y la soledad nacen mujeres cuidadoras. Ante un mundo que ha saqueado y matado la naturaleza sin tregua, en medio del cataclismo, de pronósticos apocalípticos, de egoísmos rampantes, surge la vida. No como una raíz que emerge de precipitaciones aisladas, sino como una que mana de las entrañas de quienes quieren reafirmar su existencia para prolongar la de otros y otras, humanos y no humanos. Así nacieron Teresa Castiblanco y Alexandra Castrillón. 

 

Hoy viven en Campoalegre, una de las veredas del corregimiento Montebello. Allí se conocieron cuando cada una provenía de largos caminos, muy distintos, y empezaban a prever que ese era el lugar que las acogería por muchos años: hasta ahora,  más de veinte. 

 

Teresa, de 62 años, vino de muchas partes. Nació en Vélez, Santander, donde el campo construyó su niñez; a los quince años migró a la ciudad, se organizó en Bogotá y consiguió trabajo como empleada doméstica interna; después la capital le tendría deparado conocer a quien sería su esposo, con el que tendría cinco hijos. Estuvieron viviendo en el Huila por un tiempo, pero por cuestiones de arraigos y de pasados, él quiso volver a Cali con ella, al Aguacatal, donde se había criado. Así se fueron acercando a la vereda empinada, en la que terminaron buscando, como dice Teresa, “una casita para vivir”. “Fue él quien consiguió ese lotecito ahí y ahí nos quedamos”.

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Alexandra, de 59 años, en cambio, nació y creció en Cali. Cuando conoció a su esposo, ambos decidieron irse a Palmira, donde tenían una vida tranquila. Sin embargo, la ciudad empezó a saberles a hartazgo: vendieron la casa y al regresar a Cali, se encontraron con Campoalegre. En ese tiempo también cumplía la labor, que ejercería durante trece años, de madre sustituta,  cuidando 16 niños. Necesitaba de manera urgente más espacio. En su mente citadina jamás imaginó vivir en un lugar así, pero le gustó el clima, factor determinante en ella para definir su estadía. Por los niños, empezó a tener animales: patos, pollos, gallinas, chivos, gansos, bimbos, ovejas, perros, que eran como una terapia para ellos. “Y así me fui como amañando en Campoalegre, me volví como más de acá”, dice Alexandra.

 

Sus primeros encuentros los deben al azar de verse en talleres. Pero fue en las tardes de números cantados del bingo donde se consolidó un pacto silencioso entre ellas, pues más allá de coincidir en presencias, allí convergía la afinidad de dos mujeres que, a su manera, compartían una misma lógica del amor y del dolor.

Cada una dice ser de pocas amigas, y quizá por eso, entre ellas, las palabras se cuidan. Se confían secretos que no hacen ruido y, sobre todo, que quedan guardados, como quien entiende el valor de lo que se entrega por la intrínseca necesidad humana de hacer catarsis ante el peso de la vida. Así se acompañan, en medio de los afanes y las dudas, como la de decidir qué hacer con ellas mismas, con los años que se alargan después de la crianza de los hijos, en una rutina que se impregnó sobre paredes que ahora sólo las ven a ellas. “Nos dimos cuenta”, dice Alexandra, “de que habíamos pasado tanto tiempo en el hogar, para la familia, que nos olvidamos de nosotras, y ahora, ¿qué hacemos?”. 

 

La respuesta comenzó a surgir en lo invisiblemente evidente: la cotidianidad. La basura regada por las calles, los malos olores, el agua. Estaba en el chorro que toca la piel de Alexandra mientras se baña, cuando ha acabado de despertar a tientas para despachar a su familia, a las cuatro, en la madrugada; en los olores de la cañada que pasa por la casa de Teresa, que se cuelan mientras teje y de la que tanto ha hablado a ACOP sin que nadie preste atención. En sus cuerpos se deslizaban lixiviados tóxicos de mineras, los residuos vertidos sin control, y ellas comenzaban a darse cuenta. 

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Podría decirse que el agua es la mayor problemática de contaminación del lugar, y es cierto; pero también sería justo pensar en ella como el mayor olvido: sus nacederos, vendidos o robados, llegan en pequeñas cantidades a unas cañadas que serpentean por la parte central de la vereda a cielo abierto en varios tramos, sin canalización ni sistema de alcantarillado, arrastrando cientos de desechos a su paso. El agua se está acabando. 

Campoalegre, además, tiene contradicciones: nada en el territorio puede mencionarse sin incluir a Triturados el Chocho. Es la minera que todo lo mueve. El parque es del Chocho, la escuela, del Chocho, la biblioteca, del Chocho. Se trata de toda una infraestructura comunal creada por la empresa, una omnipresencia que quizá ponía—y continúa poniendo—en segundo plano la contaminación que produce. 

 

Así fue como la memoria de Alexandra y de Teresa, junto a su visita a varias capacitaciones de la CVC, empezó a desenterrar incomodidades, cuestionamientos. Alexandra se dio cuenta de que hace veinte años, cuando llegó a la vereda, el agua bajaba con fuerza, en cantidades generosas; hoy, lo que corre por la llave es poco. Ambas evocaron las huertas, los animales que criaba la gente, los días en que cada rincón tenía un propósito, antes de la llegada de personas externas, cuando de repente la rutina de lo rural comenzó a ceder a otras dinámicas. 

 

Terminaron cuestionando hasta sus propios hábitos. En las tareas del hogar, Alexandra colocó un balde bajo el grifo mientras lavaba la loza y se sorprendió al ver la cantidad de agua que estaba usando. Y juntas, en su labor de costura, observaron cuántos restos de tela estaban desperdiciando. 

“Yo le decía a Teresa: vamos a empezar a concientizar a la gente sobre lo que nos enseñaron, sobre lo que es de acá, desde la fuente, que son los hogares y cómo hacer una buena disposición de los residuos”.

 

Recogiendo botellas, palos y papeles, comenzaron a pensar, todavía con un poco de sentimiento de madres, en crear juguetes para los niños, y lograron su cometido: un día reunieron a todos en la cancha para darles carritos y robots hechos a mano con material reciclable. 

 

Al principio, dicen, eran formas muy elementales, pero efectivas. Querían encontrar una manera de reducir el impacto. Después, con botellas de productos de limpieza hicieron lámparas y faroles, muy solicitados en época de navidad. Ahora, junto con todo lo que vienen haciendo, están fabricando peluches con retazos de sus talleres de costura, rellenándolos con vellón para que sean antialérgicos. Sus casas son el lugar de reunión, allí organizan sus exposiciones, procesan los materiales. Dicen que hacer los juguetes les toma una semana porque han adquirido práctica y confianza. 

 

Poco a poco, se han convertido en verdaderas expertas en reciclar, o como dicen ellas: “nosotras somos las señoras que aportan para que este ambiente sea diferente”.

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Aunque la iniciativa la tomaron las dos, tiempo después se unieron más señoras, todas con ideas y experiencias similares. Cuando se dieron cuenta, el grupo ya lo conformaban diez mujeres, por eso decidieron nombrar a su proyecto Reciclarte con Manos de Mujer. 

 

Al avanzar el proceso, han ganado reconocimiento general, las invitan a exposiciones, imparten talleres por todas las veredas; pero siguen peleando por ese reconocimiento específico que tanto les han negado: el de lideresas ambientales. Les prometieron tener un puesto formal en la Junta de Acción Comunal, y no lo hicieron, y las escuchan mucho menos que los hombres líderes y las personas más jóvenes. Todo lo han tenido que levantar y financiar de su propio bolsillo. 

 

“Es un proyecto que no es oro, aparentemente no; es algo que te toca recoger la botella, que cuando vas caminando recoges la tapa. No todo el mundo está para eso”. 

 

Alexandra aún se recuerda un día, cuando recién iniciaban en el reciclaje, levantándose y viendo tres botellas de plástico en su puerta. A cualquiera, dice, le daría vergüenza pensar que están llevando basura a su casa; pero ella vio todo lo contrario: estaban impactando la forma de pensar de las personas. Los tarros estaban lavados, los recogió y lloró. 

 

En las tiendas, los dueños ya les dicen, con una especie de complicidad: “Aquí tenemos tarritos, aquí tenemos tapitas”.

 

Ahora, después de siete años de trabajo, quieren convertir el grupo en colectivo, que lleguen más señoras, porque para ellas, a esa edad, es fundamental dejar algún legado para quienes vienen detrás.

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