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De granito en granito

Hace 40 años no había mucho. No había carreteras, casi no había casas. Luz Carime Muñoz lo recuerda bien. Llegar, con las pertenencias en ollas, a un terreno baldío al que su madre solía llamar el “peladero”. Pero cuatro décadas y la historia del corregimiento se hacen pesadas en las espaldas del territorio y de aquellos que en él habitan. 

 

Ahora, el taxi serpentea por calles estrechas, entre cemento, asfalto, ladrillo y el ocasional arbusto. Desde donde estamos se pierden de vista las montañas. 


Hace unos minutos abandonamos la carretera que nos hubiera llevado a la cabecera del corregimiento de Montebello. Los puntos abstractos que la mente ha recogido para guiarse en estos dos últimos meses son reemplazados por otros desconocidos: fachadas diferentes, pero que no destacan, pequeñas tiendas y negocios. La pantalla del celular del conductor alumbra y él aparta la vista de la vía por unos segundos. Según el diminuto pin del GPS, se supone que ya deberíamos haber llegado. ¿Será que nos perdimos? Avanza un poco más, por amabilidad, porque dice que no nos va a dejar tiradas si no sabemos bien dónde es. Ya vamos tarde, media hora. No nos alcanza el tiempo para devolvernos. Entre el presagio de lluvia y la poca voluntad de la mayoría de conductores —que actúan como si quedara un poquito más allá de la porra, como si hubiera

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más de los 50 minutos que hay desde el sur de Cali hasta Campoalegre—, llegar antes de las ocho de la mañana se vuelve una tarea imposible.

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Al final, sin dar muchas más vueltas, llegamos. 

 

Mercedes Cano nos abre el gran portón negro. Es una mujer de baja estatura, pero firme, imponente, como quien carga con sus experiencias, con orgullo, con la seguridad de alguien que se ha construido su vida con las uñas. Pero sus facciones contrastan en un maridaje perfecto: amables, gentiles, que están en sincronía con las palabras que pronuncia. Nos da la bienvenida con una sonrisa y nos indica el camino. Mientras nosotras bajamos y el pasto mojado acaricia las suelas de nuestros zapatos, ella va a buscar a las niñas de la casa: Maya, una Pastor Alemán de dos años, y Kira, una perrita criolla que rescataron y que en un par de minutos —y por las siguientes dos horas— tomará turnos entre seguir devotamente a su hermana y mirar con desconfianza a las cinco intrusas que han invadido el lugar.

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Luz Carime nos recibe en la sala. Es una persona que habita con suavidad, con dulzura, con inmenso cuidado. Su voz es pausada, como si eligiera con atención cada palabra para envolvernos en confianza, y, entre saludos, se asegura de elogiar nuestros nombres. Estrecha nuestras manos, nos invita a sentarnos, nos ofrece tinto con poca azúcar para que no nos haga daño.

Mercedes y Luz Carime han estado juntas por casi 20 años. Mientras la densa niebla, visible a través de la ventana de la cocina, da testimonio del frío exterior, el hogar que ellas han construido nos envuelve con su calidez, entre paredes blancas y amarillas.

 

Mercedes nació en Medellín, en 1954, en el seno de una familia tradicional, católica. Es la única hija entre nueve hermanos. Desde el instante en que sus pulmones se aventuraron a tomar una primera bocanada de aire, su destino empezó a ser labrado como barro por las manos de una sociedad que esperaba que ella, por ser mujer, eligiera entre dos únicas opciones posibles: un velo de encaje blanco o un hábito. No se esperaba una adolescente que, apenas cursando tercero de bachillerato, tomara parte en protestas de movimientos estudiantiles, en medio del contexto de violencia en el que estaba inmerso el país en la década de los 70. “Tuve varios problemas”, cuenta ella, “en ese entonces tenía catorce años cuando, me acuerdo, tirábamos piedras y apoyábamos a los estudiantes. En varias ocasiones nos detuvieron y llamaron a mi papá y le dijeron: mire, con esta jovencita estamos teniendo problemas”. 

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Por eso la mandaron a Estados Unidos. Para que el aire neoyorquino diluyera esos ideales que consideraban un error de juventud. Pero fue ahí, entre los rascacielos y el bullicio de la ciudad que nunca duerme, donde​

empezó a entender que lo que llamaban “problema” no era algo que se quitara con la distancia. Se le fue colando en los poros, poco a poco, como el vapor de una noche fría. Era, contra todo pronóstico, una raíz que se transformaría en una vida dedicada a la protección de los derechos de aquellos que son más vulnerables.

Lo que se suponía que eran unas vacaciones, terminó convirtiéndose en 50 años. Después de graduarse del colegio se volvió taxista, luego mensajera; trabajos que le permitieron —además de tener un sustento para sobrevivir— estar cerca de la gente, que le permitieron aprender mejor el idioma. Pero un par de líneas no pueden abarcar el peso de lo que significó para ella migrar. “Yo me quedé sin familia”, dice Mercedes en una entrevista con Periodismo Libre. “Sin planeación, sin contactos, sin profesión, absolutamente sin nada es muy difícil. No se lo recomiendo a nadie”. En 2007 logró graduarse como abogada en la CUNY School of Law de Nueva York y posteriormente abrió una oficina de consultoría legal para ayudar a los migrantes latinoamericanos indocumentados. 

 

Luz Carime, por su parte, nació en 1959 en Cali, y cuando habla de su origen se asegura de mencionar también el de sus padres. Ambos son campesinos, del Huila y de Boyacá, y tuvieron que abandonar sus hogares en medio del periodo de La Violencia. Cuando llegaron a la capital del Valle del Cauca, no tardaron mucho tiempo en mudarse a Campoalegre. Quizá la vida en la ciudad se siente innatural para aquellos que están acostumbrados al ritmo suave del campo, al ritmo del humo del café caliente con panela en las tardes, al ritmo con el que se mueven las hojas de los árboles con el viento. En la vereda, recuerda Luz Carime, sus padres les inculcaron el amor por la naturaleza. No todos sus hermanos recibieron el mensaje, pero a ella se le quedó grabado, incrustado, como una memoria de infancia que no se sabe porqué se recuerda, o cómo, pero que simplemente no se va.

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Ese mismo amor la llevó a estudiar biología en la Universidad del Valle, de donde se graduó a finales de la década de los 80. Para Luz Carime esta es una de las profesiones más peligrosas para el mundo porque son los encargados de construir o destruir el planeta. “Ahora estamos llamados a reconstruir lo destruido, como biólogos”, comenta ella. “Sobre todo metidos en el área de laboratorio, [es importante] manejar las cosas de una manera mucho más ambiental, mucho más armónica. Algunos dirían que es más rudimentaria, pero no, es volver a eso que éramos los seres humanos antes, [a tener] más armonía con la naturaleza”. Aún siendo estudiante, formó parte de un proyecto pionero que investigaba la transmisión de malaria urbana en Bajo Calima, Buenaventura. El trabajo no se limitaba al laboratorio: además de disecar las glándulas salivales de los mosquitos para identificar los vectores de malaria, también implicaba educar a la población. Sin embargo, el trabajo le pasó factura: tras contagiarse de malaria en repetidas ocasiones, decidió renunciar. Poco después, encontró un nuevo rumbo en la Federación Nacional de Cafeteros, donde aprendió sobre la reproducción de abejas y ayudó a crear apiarios. Aunque llegó a enamorarse de su labor, esa etapa también estuvo marcada por retos personales: en 1991 nació Diana, su única hija. 

 

Ser madre impactó profundamente su vida. Fue, para ella, como partirse en dos. “Porque si el hombre no está aportando entonces tú tienes que salir a buscarte la papa y a la vez llegar y cuidar a la hija; y el hombre no tiene esa presión, a él se le excusa más”, expresa. Intentar ser proveedora y cuidadora al mismo tiempo le dejó la culpa de no sentirse una buena mamá, de no saber si estaba haciendo lo suficiente por su hija. ¿Cómo se pueden hacer dos tareas tan importantes si las horas parecen esfumarse como polvo en el viento? Mientras ella trabajaba en la Federación, asegurando un sustento monetario para que a Diana no le faltara nada, sus padres se quedaban en la casa cuidándola. A pesar de que ellos fueron un gran apoyo desde que la niña nació, también fueron un sirirí, como dice ella; un recordatorio constante de las exigencias de la sociedad sobre lo que debería y no debería hacer una mujer para ser considerada buena madre. Solo años después, cuando el tiempo le regaló la perspectiva de ver su vida desde la distancia, y de la mano de una psicóloga, pudo dejar ese peso adicional con el que cargaba su maternidad. 

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A principios de la década de los 2000, Luz Carime pensaba que el nuevo siglo le dejaría su vida quietica, así como estaba; que vivir bajo el cielo vallecaucano era su destino. Pero conoció a Mercedes. Ellas se enamoraron y, en 2003, Luz Carime decidió apostarle a construir una vida juntas: empacó sus pertenencias y las de su hija, y se montó en un avión hacia Nueva York. Allí estudió Medicina China, no sin las dificultades que trae el cambio de idioma y el introducirse, como mujer, a este nuevo campo laboral que, a pesar de estar feminizado, no se excluye de las injusticias del patriarcado. Así, el esfuerzo que tuvo que hacer fue doble. “[Como mujer] uno tiene que ser mucho más inteligente para que lo que uno diga sea oído, le cuesta más trabajo. Mientras que la relación con el hombre es mucho más tranquila”, comenta al hablar sobre la discriminación basada en género. Sin embargo, logró abrirse camino en esa nueva profesión que estaba descubriendo. Y ahora ya no estaba sola. Mercedes y ella trabajaban (en sus oficinas ubicadas en el mismo edificio en Elmhurst, Queens; una en su oficina de consultoría legal, la otra en su consultorio de medicina oriental), pero ambas llegaban también a la casa a cuidar de su hija. Encontraron juntas un balance que ha empujado su relación a ser lo que es hoy.

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Las dos mujeres se sientan frente a nosotras. Mientras nos organizamos, juegan a ser las entrevistadoras; nos preguntan por nuestra carrera, por nuestras aspiraciones, por nuestras opiniones sobre el papel del periodismo en el mundo. Nosotras respondemos mientras sacamos grabadoras, micrófonos y libretas. Con todos los implementos en su lugar, empezamos a guiarlas a través de las preguntas que hemos planeado con anterioridad.

 

Mercedes, después de la publicación de su libro El sueño americano, está acostumbrada a las entrevistas. Pero Luz Carime, que ha hecho esto quizá una vez en su vida, trata de esconder sus nervios entre los espacios de las palabras que pronuncia. Cuando ella empieza a hablar, Mercedes la mira con atención, como quien estudia un ejercicio matemático, despacio, intentando no perderse ningún detalle. 

 

Ellas aprovechan que los micrófonos fallan para hablar, en inglés, adentrándose en su pequeño mundo. Luz Carime pregunta si están sonando bien sus respuestas. Mercedes, con voz firme, pero suave, la tranquiliza: You’re doing fine, baby.

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Después de la pandemia, Mercedes y Luz Carime decidieron que era hora de empezar a volver a Colombia. Porque no es posible hacerlo de tajo, no es posible llegar con una hoja en limpio y una decisión definitiva. No cuando allá está sembrada parte de su historia, cuando Estados Unidos sigue siendo el hogar de su hija y de su nieta. No es fácil ser residente de dos países, como dicen ellas. El tener un pie allá y otro acá, el no pertenecer completamente a ninguna parte. El permanecer, también, con la nostalgia en la garganta: al estar allá, Colombia se inmiscuye en el corazón; pero, cuando están acá, el pasado, la familia, las responsabilidades remanentes las halan como un imán. De todas formas, persisten y lo han hecho por más de dos años. 

 

Para Luz Carime, volver es una oportunidad, un llamado. “Yo vi esto, este espacio aquí, y dije, no, este es el espacio que la vida me ha dado para que reconstruya”, dice ella. Para, además, conectar con la naturaleza y su armonía, esta vez junto a su esposa, en la tierra que sus padres le heredaron.

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De esa vereda que ella conoció en su juventud queda poco, y, a la vez, las cosas no han cambiado demasiado. Es una de esas extrañas paradojas. Sus suelos se inundaron de casas y de familias que la habitan, pero que no se esfuerzan por pertenecer a ella, de personas que no se interesan sobre lo que pasa de puertas para afuera, aunque les afecte profundamente. Todo bajo las narices de una alcaldía que no controla el crecimiento de la vereda a pesar de los riesgos que trae sobrepoblar una montaña como lo es Campoalegre. Y los mismos problemas que había hace 40 años siguen ahí y se multiplican, como fantasmas que rondan el territorio, aunque intenten ser ignorados. Las minas de carbón abiertas siguen acidificando el agua; la explotación de piedra sigue contaminando el aire y debilitando los suelos; la escasez del agua sigue perjudicando a casi todo el corregimiento; el mal manejo de los residuos sigue invadiendo las calles. Pero sobre todo los problemas prima uno: la falta de conciencia y de pertenencia de los habitantes.

Ante esto, Luz Carime y Mercedes no podían quedarse paradas, echando raíces en una tierra que sufre, que es tan suya como los suelos neoyorquinos que fueron testigos del crecimiento de su familia. La conexión de Luz Carime con la naturaleza y la pasión de Mercedes por las luchas sociales las ha llevado conectar cada vez más con la vereda. Lo han hecho poco a poco, desde adentro. Ellas son conscientes de que los cambios importantes comienzan en lo íntimo, en los actos cotidianos. Empezaron recuperando su finca, reforestando, buscando la forma de aprovechar las aguas lluvias, creando pacas digestoras para gestionar mejor sus residuos, adoptando un estilo de vida más saludable y amigable con el ambiente (al cuidar, por ejemplo, lo que consumen, lo que compran).

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Y se han ido expandiendo, como la hiedra en una pared. Ahora participan en grupos comunitarios con personas de diversos corregimientos y veredas de Cali. Luz Carime considera que “lo más valioso de esos grupos es la camaradería y el apoyo mutuo en el trabajo físico y en el aprendizaje. Todos buscamos lo mismo: entender y mejorar nuestras prácticas. Por ejemplo, me interesé en cómo las fases de la luna afectan las siembras, así que decidí profundizar en el tema. Estudié por mi cuenta y luego, en una reunión, llevé mi papel, lápiz y marcador para explicar lo que había aprendido. Es un proceso en el que todos aportamos y aprendemos unos de otros, y esa es realmente la esencia de estos grupos: crecer juntos mientras compartimos conocimientos”. Para ella, la educación es una de

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las herramientas más poderosas, y los grupos, que también define como mingas, le han dado la oportunidad de reforzar una de las creencias que ha cargado toda su vida —desde sus labores de enseñanza en el Bajo Calima—: más que intentar cambiar el mundo solo, es necesario trabajar por educar a quienes van a cambiar el mundo. 

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Sin embargo, ellas no se consideran lideresas ambientales. Luz Carime expresa que “ser líder implica ser un modelo, alguien completamente entregado a un grupo, y sinceramente, no me identifico con ese concepto. Tal vez sea por mi edad o porque siento que ser líder es un reto inmenso. Ser líder significa que, de alguna manera, te conviertes en una figura materna para las personas que te siguen, y no creo que eso sea lo que necesitamos. A veces pienso que no deberíamos depender de líderes para mantener los proyectos, porque los líderes suelen quedarse en una especie de estratosfera”. En cambio, creen que cada persona debería liderar su propio proyecto y comprometerse con él. Cuando eso ocurre, cuando tres, cuatro o incluso diez mil personas están comprometidas con el medio ambiente, el impacto es mucho más significativo. Por eso, se consideran, ante todo, personas comprometidas con el medio ambiente, personas que simplemente intentan aportar un granito de arena.

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Mercedes, cuya agenda está llena de compromisos, nos deja solas con Luz Carime en la mitad de la entrevista. Cuando el cansancio ya se ha adueñado de todas nosotras, y las respuestas de las preguntas que quedan parecen haberse colado en las respuestas anteriores, terminamos. Luz Carime nos guía afuera de la casa y nos muestra lo que antes había dibujado con sus palabras.

 

En un mundo que parece girar con prisa hacia la desconexión, ellas nos recuerdan que el cambio se teje lento, entre manos que enseñan y construyen. No necesitan ser lideresas para entender que el cambio no se impone, sino que se cultiva, un granito a la vez. Y ese granito de arena que ellas aportan surge con rebeldía y promete transformar no solo su entorno, sino también las raíces de un sistema que, como ya es costumbre, olvida lo esencial.

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