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—Yo no me considero una lideresa ambiental.

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Sus palabras son como declaraciones irrevocables. Ilda Patricia López tiene la voz pausada, densa. La firmeza que demuestra apenas se quiebra cuando algo le entusiasma, entonces las frases llegan rápidas, hasta que vuelve, gradualmente, a la pausa natural. 

 

—¿Ha tenido oportunidades laborales dignas? 

 

—Sí, porque cuando estoy bajo una oferta que no acoge los derechos fundamentales del trabajador no la tomo. 

 

Es esposa, madre, ama de casa, mercaderista, vendedora, cuidadora del ambiente. No le parece que tantos títulos le quiten el tiempo. Sabe organizar su rutina, sobre todo, con las actividades ambientales, que por suerte casi siempre son en la tarde. Cuando no es así tampoco significa un impedimento: si la labor ambientalista requiere todo un día, puede levantarse más temprano para cumplir todo. 

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—Así somos las mamás, tenemos que dejar todo organizado en la mañana y, por la tarde, terminar lo que ya se desorganizó en el día, dice, con una risa breve al final.

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Sobre luchas y convicciones

​​Nació en Palmira, pero creció en la zona urbana de Cali, donde se dedicó a trabajar en las áreas comercial y administrativa. En 2019, se fue a la zona rural a causa de dos accidentes laborales que ya no le permitirían ejercer más como comerciante en la ciudad.

 

Buscó “algo tranquilo”, y llegó a Campoalegre, vereda del corregimiento Montebello. Allí se encontró con problemas de contaminación, razón por la que terminó estudiando monitoreo ambiental en el SENA, donde aprendió sobre el manejo de residuos sólidos. Así fue como se hizo consciente de lo que significa el cuidado, desde el aspecto más técnico hasta el más elemental, de saber en qué contenedor botar cada tipo de basura.

 

Como buena mujer de convicciones, cree que el voz a voz es factible para generar una conciencia colectiva; cree en los niños, que al aprender pueden enseñarle también a sus padres; cree, además, que desde que era una niña tuvo una conexión con la naturaleza.  Se recuerda entre las plantas del jardín inmenso de su madre, jugando acompañada de abejas, lagartijas y hormigas. También cuenta haber visitado mucho la finca de su tía, en la que vió flores y hojas que jamás presenció en otro lugar. Patricia lo describe casi como un don heredado, pues, aunque su padre fue citadino y nunca le gustó el campo, tiene muy presente que su mamá fue una mujer indígena y campesina, que tenía tierras en El Líbano, Valle; que allí pasó gran parte de su infancia y que eso se quedó con ella para siempre.

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Pero no cree que la experiencia de las mujeres con el medio ambiente sea distinta a la de los hombres. Es más, dice que es la misma. Tal vez, la única diferencia es una cuestión de sentimientos:

 

—Al hombre no se le nota la expresividad, es como un trabajo para ellos. De pronto se le veía más en la cara a mí tía que quería mucho su tierra. 

 

Tampoco se ha sentido discriminada por ser mujer; más bien, sí lo ha sido por sus ideas, porque, dice, no comulga con lo que le convenga a los demás: denuncia cuando debe hacerlo, tiene los argumentos para defenderse, y sabe cómo se debe luchar.  

 

—¿Ha recibido amenazas?

 

—No he recibido amenazas.

 

—¿Sólo han sido críticas?

 

—No son críticas, sino que vos lo sentís, vos sabés, vos llegás y se siente malestar. 

 

Piensa que a las mujeres les falta empoderarse porque están limitadas por fronteras construidas por sus propios miedos a abandonar las costumbres impuestas. O, en ocasiones, simplemente se trata de vencer la comodidad del hogar, pues salir a limpiar cañadas y recoger basuras es “maluquito” y conlleva a la exposición de riesgos biológicos. 

En la vereda, dice Ilda Patricia, todos los liderazgos se reconocen por igual, sin distinciones entre hombres y mujeres. Por eso, en cuanto al panorama de los liderazgos femeninos, considera que las cosas están avanzando y que todo marcha por buen camino.

 

Su experiencia en el cuidado del medio ambiente empezó con las prácticas en el SENA, haciendo cartillas y actividades para educar en la gestión de residuos a personal de aseo general. Luego, se integró a la asociación Eco Montebello, enfocándose en la línea de eco turismo. Allí realiza actividades de limpieza, mingas, y denuncias. Muchas denuncias. 

 

Una de estas surgió en las cercanías de su casa y la de sus vecinos, donde colinda una montaña en la que están construyendo un pozo séptico del que se derraman heces. Patricia denunció y habló con el presidente de ACOPS, quien se comprometió a dialogar con la Secretaría de Salud para buscar una solución. 

 

Otras veces, el camino no ha sido tan fácil. No todas las denuncias son escuchadas con la misma prontitud, no todas han llegado a una solución. Desde su casa, Patricia también observa, hace un tiempo, un espacio en la vereda Limones destinado a un depósito de supuestos residuos orgánicos. La situación se agravó durante una temporada de verano, cuando la montaña en esa área se incendió. Llamó al numeral 550, y esa acción inmediata fue suficiente para activar una respuesta que había sido ignorada antes. Pero los problemas persisten: los camiones siguen llegando para descargar desechos, mientras los responsables insisten en que todo lo depositado ahí es orgánico. 

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Y si de contaminación habla, insiste en que la mayor problemática de la vereda es el agua. 

 

Campoalegre cuenta con el afluente La Elvira y una planta de potabilización, pero el servicio es intermitente y solo llega cada tres o cuatro días. Aunque la situación ha mejorado en comparación con las administraciones anteriores, cuando el suministro era de 10 a 12 días, aún no es suficiente. Siempre que llueve, el agua se torna turbia, y debido a que deben almacenarla en tanques, se generan larvas del zancudo Aedes aegypti, portador del dengue, a pesar de los esfuerzos de limpieza.

 

Patricia se ha quedado muchas veces sin agua, incluso después de haberla almacenado. Hay momentos en que se ve obligada a comprar porrones e incluso a pedir ayuda a sus vecinos.

 

Además, el problema del alcantarillado no es menor: aquellos que no cuentan con este sistema vierten sus aguas domésticas directamente en las quebradas.

 

Lo más difícil para ella, siempre será la falta de cultura y la indiferencia. En su experiencia, incluso las organizaciones e instituciones políticas y ambientales terminan generando divisiones. “No vemos el territorio como una totalidad, sino que lo quieren demarcar”. 

 

—¿La problemática de los incendios ha afectado a todos los corregimientos?

 

—Aquí hay muchas problemáticas, lo que pasa es que meterse aquí es duro, es difícil. De pronto, aquí se meten suavecito porque no pueden afectar a todo el mundo, porque hay empresas. Una persona que haga un buen activismo aquí, puede peligrar, como todos los líderes ambientales. 

 

Hoy, a sus 48 años, Ilda Patricia López, la mujer de mirada profunda y modos circunspectos, dice que le falta experiencia para ser lideresa ambiental: 

 

—Yo sé que a mí me falta más trayectoria, meterme más en el territorio, ¿por qué  no lo he hecho? Porque veo que hay muchos conflictos de intereses, no son conflictos sanos, son conflictos de egos. 

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