230 kilómetros separan Santa Rosa de Cabal y la ciudad de Cali. Son 12 municipios principales, dos departamentos diferentes. Para María Rosalba Arias, sin embargo, esos números significan una vida entera. Había pasado sus días entre cafetales y platanales, recogiendo los frutos con extrema delicadeza, caminando largas distancias desde el río hasta la finca con tarros llenos de agua a sus espaldas. Pero en cada zancada que daba sobre esa tierra fértil sentía crecer una necesidad urgente en su pecho: salir, buscar algo más, otras oportunidades para su hijo y para ella. Su abuela se había asegurado de dejar en sus manos las enseñanzas que fue obteniendo a lo largo de la vida: el amor por la tierra, el valor del trabajo manual, la paciencia del tejido. Y ella guardó todo eso con cuidado entre las pertenencias que subió a un bus con destino al Valle del Cauca. Dejó atrás las montañas templadas, las noches amarillentas con olor a aceite quemado y combustible, y se adentró en la incertidumbre de un viaje sin fecha de regreso. De ese día han pasado aproximadamente 25 años.
Su primera parada fue el centro de Cali, pero la búsqueda de estabilidad la obligó a seguir en movimiento. Se mudó a varios sectores cercanos, después a Terrón Colorado y, finalmente, a Montebello. En ese momento era imposible saberlo, pero este último, además de convertirse en su hogar, sería el lugar que marcaría un antes y un después en su destino.
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María Rosalba es una mujer determinada, echada para adelante, como se dice comúnmente. “Soy muy radical, y si yo sé que tengo mi razón, yo no voy para atrás ni para coger impulso. No sé si será malo, pero esa es mi forma de hacer mis cosas”, admite ella. Las marcas de su piel alrededor vvv



de sus ojos, en su frente; la fuerza que emana de su voz gruesa; la seguridad que marca el ritmo de sus pasos, pasos que se adueñan de cualquier lugar al que llega, son testigos de la firmeza de su carácter.
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Por eso, cuando llegó a Montebello, no pudo permanecer inmóvil frente a una problemática que afectaba profundamente su vida y la de los otros habitantes del corregimiento: la ausencia del servicio de agua. “La empresa del agua nos daba media pulgada por dos horas diarias para repartirla entre todos nosotros. Había gente aporreada, gente macheteada, gente que se jalaba del pelo allá horrible por ese poquito de agua”, comenta, nadando en las memorias de sus primeros días viviendo ahí. Recuerda que pasaban ocho, quince, veinte días seguidos sin una sola gota de agua, y las personas se veían obligadas a recoger el agua de la lluvia o de la quebrada, pero no era suficiente, no era seguro.
Así, María Rosalba empezó a hablar con el administrador de la empresa de acueducto, con la secretaría de planeación, con la personería, con la superintendencia de servicios públicos, con la secretaría de salud, con cualquier entidad que pudiera darle una luz de esperanza. Fueron años de lucha y no solo con las instituciones estatales. La misma comunidad se puso en su contra, sin siquiera considerar que el objetivo que ella perseguía los beneficiaría a todos. “Yo llegaba de trabajar y salían, y me decían: esta vieja hijuetantas, sale darle duro. Y yo les decía: vení y dame, y yo me las paraba. Había otro que decía: esa vieja que por acá no pase porque le van a dar machete. Y yo más rápido pasaba por ahí”, cuenta como si de una película se tratara, con sus palabras teñidas de sentimiento, pero sin que lleguen a afectarla ahora. En momentos como esos, sin embargo, cuando la labor se volvía tan pesada en sus hombros que el dolor irradiaba hacia todo el cuerpo, las ganas de renunciar aparecían como una pequeña alarma en su cabeza, titilando, incrementando su volumen cada vez más. “Yo sentía que a veces yo no era capaz, y llamaba a muchos funcionarios llorando y yo les decía: no, yo ya voy a dejar esto tirado. Yo no voy a hacer más nada”, pero a los funcionarios no les importaba. Si María Rosalba no los presionaba, ¿por qué les importaría a ellos el problema? Cuando este no toca su puerta, cuando ellos no tienen que cargar con la preocupación de no tener un recurso vital como es el agua, cuando ellos, en la ciudad, tienen la seguridad de abrir el grifo las veces que quieran y llenar sus vasos en un par de segundos.
Pero el sufrimiento y el esfuerzo no fueron en vano. “Al final, saqué el proyecto adelante. Se hizo el sistema de bombeo, y por ejemplo, hoy en día está el sistema de bombeo, cada uno con su entrada independiente, a cada uno le llega su agua a la casa”, mientras habla su voz se llena de orgullo.
Para ella ese fue solo el comienzo. Mientras hacía trabajos varios, como empleada doméstica y vendedora ambulante, y atendía su emprendimiento de tejidos, fue tomando cada vez más relevancia en la lucha social y ambiental del corregimiento. Ha estado pendiente de las minas de carbón que siguen prendidas, del mal manejo de los residuos sólidos, de la contaminación de la quebrada El Chocho, de la deforestación, del acceso al servicio de agua —que, aunque ha mejorado y ya no es igual a cuando ella llegó a Montebello, sigue siendo limitado—. “Yo soy de las personas que más empuja en lo ambiental. Hay más compañeros, pero ellos... Por ejemplo, cuando yo les hablaba sobre la escombrera prendida, decían, ‘ay no, Rosalbita, en dos o tres años eso se va a acabar’. Pero es que no tenemos dos o tres años para aguantar más ese humo. No, si eso se puede apagar ahora, entonces apaguémoslo ahora”, dice ella. Y es esa dedicación lo que la llevó a convertirse en edil del corregimiento de Golondrinas, donde también ha trabajado para minimizar el impacto de la destrucción ambiental, y a hacer parte del Concejo Municipal de Desarrollo Rural, que le ha permitido extender su trabajo por distintas zonas del área rural de Cali.
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Ciertamente, para ella ha sido un camino gratificante. “A mí me gusta. Muchos me dicen, si a usted no le gustara, usted no haría esto”. Y es cierto. Si no le gustara su labor, hace rato hubiera encontrado cualquier excusa para renunciar. Pero ahí sigue, parada con firmeza. Así implique levantarse un sábado a las cuatro de la madrugada, salir sin desayuno y recorrer un largo trayecto para tomar pruebas fotográficas de los errores que la alcaldía intenta ocultar. Y después volver a la casa, adelantar el almuerzo y salir de nuevo a cumplir con otros compromisos. Así tenga que estar de un lado a otro, atendiendo a reuniones y llamadas, enfrentándose a empleados públicos, a la falta de conciencia y al egoísmo de las personas.






Un cauce propio







Porque no es solo una labor difícil, sino que la plata es poca y el tiempo también. Ser madre, compañera sentimental, lideresa social y ambiental, recicladora, edil, emprendedora, manejar su vivero y perseguir por los lados su pasión por la pintura, todo al mismo tiempo, a veces se siente imposible. Ella misma lo admite: “a veces yo digo, ‘ay, Dios mío, ¿cómo hago para tener tantas cosas en mi cabeza?’ Pero para todo saco el tiempo, saco el ratito, a todo le dedico su tiempo. Y a veces pienso que me va a salir mal, porque lo hago casi a la carrera, pero sale súper bien”, como si se hubiera aliado con algún santo que le regala unos minuticos más en el día, como si tuviera el poder de sostener el tiempo entre sus manos y estirarlo a su parecer. Y la ausencia de un sueldo fijo complica todo aún más. Por ser edil solo recibe un incentivo cada tres meses (y una tarjeta del MIO que no sirve de nada en un corregimiento al que no llegan buses). Además, sus tejidos no se venden como le gustaría, y el dinero del vivero lo guarda junto con sus socios para repartirlo en fin de año. Pero María Rosalba se mete por los laditos, intenta siempre buscar una salida: está apoyando un proyecto de ley para los ediles reciban un sueldo, no se rinde en su emprendimiento porque sabe que llegará el momento en el que los tejidos reciban el aprecio que merecen. Mientras tanto, con el apoyo de su pareja y de su hijo, que vive en el extranjero, y el dinero que recibe con el reciclaje, se mantiene en pie y ayuda en los proyectos del corregimiento.
A 230 kilómetros de la tierra que la vio nacer, María Rosalba Arias ha tejido no solo redes de hilos multicolores, sino una vida entera dedicada a su comunidad; ha domado el cauce de su propio río y lo ha dirigido hacia el cuidado y la restauración de la naturaleza. Ha construido una vida diferente a la que había soñado en Santa Rosa de Cabal, mientras sus manos llenas de tierra recogían los granos rojos de café con habilidad. En Montebello, donde los desafíos ambientales y sociales siguen siendo una constante, el liderazgo de mujeres como ella surge como la flor de Inírida: improbable pero inquebrantable.

